Encima el que podemos ver no es precisamente pequeño, causándonos todavía más impacto. Verle mover las patas como si el mundo estuviese en otra posición y nosotros no nos hubiéramos enterado es espectacular, precioso a la par que inquietante. Pero la cosa no acaba ahí, no señor, porque al igual que en los paseos normales por la calle siempre hay pequeños incidentes, y en este caso tenemos que se encuentra con otro perro.
¿Qué hace frente a este onírico compañero de correrías? Se lanza a morderle, a probar suerte a ver si consigue cogerle para acabar estampándose contra la pared de cabeza y despertando por fin de este sueño, o pesadilla más bien para el pobre. Lo peor es que nosotros nos reímos con sus extrañezas.
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